Published On: Tue, Dec 24th, 2013

Navidad, Una Extraña Soledad

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Diciembre 24,  Hoy comparto con ustedes un texto que no tiene desperdicio.
NAVIDAD, UNA EXTRAÑA SOLEDAD.
José Carlos García Fajardo.
Universidad Complutense de Madrid.

Hoy celebramos el permanecer vivos y tratamos de dar sentido a cada momento de nuestra existencia porque se nos escapa el sentido de la vida. Algo no va bien en el mundo y no nos atrevemos a acometer las causas contentándonos con aliviar algún efecto de esa injusticia estructural, para calmar algo la conciencia, de ahí las limosnas y los aguinaldos.

Pero nos lanzamos a la vorágine de un consumismo descabellado. Nos echamos a la calle a comprar para éste o para el otro, mientras durante el resto del año no somos capaces de encontrar un momento para saber cómo se encuentra, para escucharlo. En estos momentos corremos el riesgo de convertir “al otro” en objeto de nuestra solicitud, cuando el otro siempre es el sujeto que sale al encuentro y nos interpela.

Así nosotros en estos días de algarada tratemos de recuperar la cordura; no es Navidad porque lo digan los grandes almacenes. No es preciso agobiarnos gastando un dineral y perdiendo los papeles. Ni tan siquiera es necesario comer y beber hasta hartarse y perder el gusto por la comida y la bebida. Nos obligamos a reír y a divertirnos y, al final, es eso: nos divertimos, nos apartamos de nosotros mismos y del camino, extraviándonos.

¿No es en estas fiestas cuando nos acomete una extraña soledad, una especie de vacío que llamamos nostalgia y que no es más que hastío? Se diría que tenemos que caer bien a todo el mundo, felicitar hasta a las farolas y empeñarnos en retrasar la hora del sueño como si temiéramos no seguir viviendo. Esta es la más oculta razón de los ritos en el solsticio de invierno mientras que, en el de verano, por San Juan, tenemos que celebrar con cantos, bailes y hogueras la necesidad de afirmarnos y de perpetuarnos con todo nuestro ser.

Por eso tenemos que aprovechar todos los momentos especiales para hacernos cómplices con la vida y sostener con Sábato: “Tengo la convicción de que debemos penetrar en la noche y, como centinelas, permanecer en guardia por aquellos que están solos y sufren el horror ocasionado por éste sistema que es mundial y perverso. Un grito en la mitad de la noche puede bastar para recordarnos que estamos vivos, y que de ninguna manera pensamos entregarnos”.

Reconocer que nos debemos a nosotros mismos un gesto absoluto de confianza en la vida y de compromiso con el otro. Así logramos trazar un puente sobre el abismo. Es una decisión que en este momento nos debe abrazar el alma. Como el auténtico honor, que no es sino un reconocimiento que la persona de bien se hace a sí misma. Y el camino, como sugería Kafka, consiste en ahondar en el propio corazón porque eso significa ahondar en el corazón de todos los seres humanos. Ya que todos nos buscamos sin saberlo.

Para quienes viven la Navidad a la mexicana y celebran las posadas los abusos siguen un programa fijo que halla su punto culminante en la cena de Nochebuena, en cuya mesa coinciden una inverosímil combinación de platillos: la indigesta pierna de cerdo enchilada se acompaña de una ensalada dulce y cremosa; un pavo relleno de picadillo se sirve junto a un guiso de pescado y jitomate; algunos menús más desafiantes incorporan los romeritos con su oscuro mole y ponen a prueba el aparato digestivo igual que el pozole, los tacos dorados, los pambazos, los buñuelos (que en esto de la comida nuestra cultura no tiene límite)… para concluir con los más intensos retortijones y desde luego para el “desempance”, “el tequilita” “la copita” “el ponche con piquete” animado por el eterno actor improvisado y cuenta chistes: casi siempre los mismos o con mínimas variantes…

La comida que se prepara es tanta que dura más que diciembre: en enero y febrero el “pesado bacalado”, como le dicen en México Tenochtitlan, persiste en tres o cuatro comidas y tortas futuras. En el congelador duerme un pavo congelado de los que recibió la familia y un año después no saben que hacer con él: comerlo puede ser suicida, tirarlo habla mal de nuestra responsabilidad ambiental. Enfrentadas a esa disyuntiva algunas personas ha optado por darle una digna sepultura en su jardín.
A esos desmanes en la alimentación se suma la inmoderada ingesta de alcohol… y las celebraciones terminan en sustos, accidentes y tragedias.

Es cierto que los excesos de Navidad y fin de año mucho tienen que ver con ritos, costumbres, hábitos y desde luego a la presión que se ejerce sobre una sociedad de consumo, sin embargo estos también son posibles a causa de una multitud de factores conductuales y psicológicos que están presentes en gran parte de la población, marcada por un fenómeno característico del siglo XX a partir de la posguerra: el vacío existencial, es decir, la dificultad de hallar sentido a la vida, en combinación con la soledad, la incomunicación y la desconexión de sus aspectos importantes como el amor, la introspección reflexiva y la entrega a una vocación.

Es así como se gasta de más, se come de más y se bebe de más. Si estos sucedáneos tuvieran un efecto curativo o duradero sobre el vacío, sería comprensible –y hasta recomendable- recurrir a ellos, sin embargo, son paliativos temporales y una vez que acaba el efecto de la “intoxicación” el regreso a la realidad es difícil y penoso, la sensación de malestar se intensifica y se le agrega una serie de dificultades prácticas que van desde la siempre indigestión hasta el ingreso al Buró de Crédito.

Mantener una visión crítica de las fiestas decembrinas no implica sustraerse a ellas y encerrarnos en un claustro a meditar sobre nuestra finitud. Consiste, más bien, en desarticular sus elementos y someterlos a exámenes para vivirlas más como una celebración individual que como una epidemia de histeria colectiva: identificar cuáles son nuestros sentimientos particulares en relación con la Navidad; pensar en lo que nos gusta (y en lo que no nos gusta) hacer esos días; considerar en forma realista qué podemos permitirnos (que podemos dar, qué necesitamos comprar, de cuánto dinero disponemos); reunirnos con las personas importantes para nosotros y concebir expectativas sensatas sobre lo que puede darnos esta temporada y el año que viene.

Se trata de escaparnos, en fin, de esa Navidad publicitaria de glamour y felicidad artificiales (que en realidad son vacío, ocio, deuda y basura) y construir una versión propia, íntima y placentera de la celebración, enriquecida con detalles sencillos. No existe algo tan ambicioso, como la Feliz Navidad, pero si puede haber una multiplicidad de “felices navidades” al estilo de cada quien. Verla de esta manera puede ser el primer paso de un proyecto para llenar de sentido la vida en los meses que se avecinan y romper con el ciclo de contención y exceso que, fusionando el cristianismo con el hinduismo, podemos llamar “karma navideño”.

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

Fuente: https://www.facebook.com/paco.alva.79

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